September 11, 2009
The Bishop's Forum
El Año del Sacerdote: ¿De dónde viene el acerdote?
by Bishop Gerald A. Gettelfinger
Segundo artículo de una serie
Hasta el día de hoy, después de 48 años de sacerdocio y 20 años como obispo, todavía intento comprender el increíble apoyo de mis padres y hermanos. Va más allá de mi imaginación. Le dejo el resto a Dios y a la historia.
En retrospectiva, uno de los recuerdos más conmovedores que experimenté fue la realidad que siempre fui un hijo para mis padres y el cuarto de los ocho. Me tomaron en serio a mí y a mi deseo de muchacho de estudiar para el sacerdocio. Cuando joven no lo entendí completamente. Sólo con el correr de los años mi comprensión de esa gracia se ha ido profundizando.
Porque nunca había estado fuera de casa, mi párroco, el Padre Earl Feltman, mi ídolo y guía, sugirió que sería él quien me escoltaría a St Meinrad y no mis padres y así lo hizo. Él sabía por su propia experiencia que lo más probable sería que sufriera de nostalgia. Estaba en lo cierto.
Durante dos semanas, estuve espantosamente nostálgico. Dolorosamente y a través de lágrimas húmedas y secas, me recordaba a mi mismo mi compromiso personal con mi padre de quedarme un año completo antes de tomar cualquier decisión acerca de continuar en el seminario o no. No falle dejándome caer en la nostalgia.
Hubo otra conexión con mis padres y mi familia. Era la carta semanal de mamá y papá. Yo a mi vez, les prometí que les escribiría una carta semanal.
Sin falta, mi mamá me escribió cada semana. No tienen idea con que ansiedad esperaba escuchar mi nombre avisando del correo diario después del almuerzo. Tengo la última carta que ella escribió antes de que sufriera un devastador derrame cerebral en noviembre de 1960. Ese fue el noviembre anterior a mi ordenación en mayo de 1961. A partir de entonces papá tomó el lápiz en su lugar.
Las cartas de mamá fueron una línea de vida de amor desde el hogar. Conservaba sus cartas semanales en el bolsillo posterior de mi pantalón y las leía y releía. Muchas veces, el sobre se empapaba de sudor con mi juego de pelota haciendo que la tinta se corriera.
Hasta el día de hoy, aprecio el recibir una nota o una carta personal manuscrita. Me temo que subestimamos el poder de la palabra escrita para estrechar los lazos familiares. Oh, cómo aprecio esas cartas y sus recuerdos incluso hoy día.
Recuerdo especialmente un miércoles a finales de octubre de 1949, un poco más de un mes después de haber salido de casa el 9 de septiembre. La agonía de la nostalgia había pasado, me encontraba ya completamente envuelto en las alegrías de la vida del seminario. Inesperadamente, estando en el campo de juego vinieron a avisarme que tenía visitantes. Estuve en un dilema.
En esos días, nos permitían visitas sólo una vez al mes en una tarde de domingo. Las noticias de los visitantes me tomo por sorpresa ya que era miércoles. No era día de visita. ¿Quién podría ser?, pensaba yo
¡No pasó mucho tiempo para que lo averiguara!
¡Mis visitantes eran mis padres! Yo había fallado en mi compromiso de escribirles cada semana. Durante tres semanas no habían sabido nada de mí y estaban preocupados. Su visita fue curativa por decir lo menos. Este hijo de ellos nunca más volvió a fallar en ese sentido.
La palabra escrita cada semana fue un intercambio lleno de amor. Esto era cierto incluso cuando las noticias de casa no eran siempre felices debido a enfermedad o muerte de vecinos y miembros de nuestra larga familia.
La próxima semana: La vida en el seminario y la vida en familia
— Translated by Pilar Tirado