September 25, 2009

The Bishop's Forum

El Año del Sacerdote: ¿De dónde viene el sacerdote?

Bishop Gerald A. Gettelfingerby Bishop Gerald A. Gettelfinger 

Cuarto artículo de una serie: Una sorpresa más de casa

Mi entrada al seminario a la edad de 13 años siempre ha sido tema de discusiones basadas en la incredulidad. A menudo caracterizadas por la pregunta: “¿Cómo podría decidir convertirse en sacerdote a esa edad?”

La respuesta fue y es simple, no decidí convertirme en sacerdote. “Decidí entrar al seminario con la esperanza de algún día convertirme en sacerdote.”

Piensen en ello. Tuve 11 años para saber si mi esperanza podría verse realizada. Si bien es cierto que cada momento en el seminario se basaba en la presunción de que se intentaba el objetivo del sacerdocio, siempre quedó claro para nosotros que estábamos en libertad de salirnos en cualquier momento. A menudo recordaba el compromiso con mi padre, que después de completar el primer año, tenía la libertad de salirme cuando quisiera. Él sabía de lo que hablaba porque él lo había hecho tres veces.

Con el “sacerdocio en mente”, como dirección tanto como destino, la vida en el seminario fue para mí liberadora. En ese contexto pude sumergirme en la vida diaria y en la celebración del momento, ya fuera en la oración, en estudio o en el juego. Mi madre siempre me animó, tanto en sus visitas como en sus cartas: “¡Cuando ores, ora con ganas; cuando estudies, estudia con ganas; y cuando juegues, juega con ganas!” ¡Ella me conocía muy bien! Sigo su sabio consejo hasta el día de hoy.

En mis años de adolescente, con regularidad se producía ansiedad y angustia en mi corazón y en mente cuando regresaba a casa para las vacaciones. ¿Me aceptarán? ¿Me verán diferente? ¿Me apoyarán?

Esa angustia fue eliminada para siempre en unas vacaciones de Navidad en mi sexto año. Mamá y papá y mis hermanos hicieron que se disipara para siempre.

Nuestra familia siempre tenía la tradición de agregar oraciones después del Rosario, ya se tratara de una letanía o de una oración especial por otros. Cuando pensaba que estaba a punto de finalizar, alguien dijo: “Una oración por los seminaristas.” Rezaron con una sinceridad de corazón que me conmovió.

No puedo decirles lo emocionante que fue. Al escribir esto, me muevo hasta las lagrimas, incluso hoy en día.

Cada día, desde que había entrado en el seminario, habían estado rezando esa oración por los seminaristas, como familia tanto como personalmente, se la sabían de memoria. Los años anteriores habían convenido en no rezar esa oración en mi presencia por temor a presionarme a ir al sacerdocio, pero después de tantos años se sentían seguros de hacerlo.

¡Oh! ¡Ahora espero que entiendan el porqué de la banda de “estrellas doradas” en mi escudo de obispo!

Próxima semana: ¡La familia es la fuente de todas las vocaciones! ¡Oraciones respondidas!

— Translated by Pilar Tirado

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