October 23, 2009
The Bishop's Forum
El Año del Sacerdote: ¿De dónde viene el sacerdote?
by Bishop Gerald A. Gettelfinger
Ultimo artículo de una serie: ¿Tiene uno derecho a las Sagradas Órdenes?
En seis columnas durante el Año del Sacerdote, he intentado demostrar que el primero de los sacramentos sociales, el del Matrimonio y la Vida Familiar es el origen de todas las vocaciones. Mi experiencia es muy personal, es la única que sé. Cada diácono, sacerdote y obispo tiene su propia historia. Cada familia de la que somos hijos también tiene su propia historia, frecuentemente no contada.
El Sacramento del Orden es el segundo de los sacramentos sociales. ¡El Santo Matrimonio es el primero!
Estos dos sacramentos se denominan sociales porque que están diseñados para santificar no sólo a las personas que lo reciben sino también a la comunidad de creyentes, creando así el Cuerpo Místico de Cristo.
Debido a que el Matrimonio y las Sagradas Ordenes son por naturaleza sociales, tienen añadida una mayor responsabilidad.
El año pasado en una serie de columnas, subrayé que el Matrimonio como vocación no es un asunto privado, a pesar de que, desgraciadamente, en nuestra cultura así se le hiciera parecer. Es un asunto familiar, que significa que las parejas casadas deben rendir cuentas a la familia más grande, es decir, a la Iglesia. La Iglesia reconoce que una pareja tiene el derecho a ser casada siempre que todo esté en orden en sus vidas personales. En el caso del Santo Matrimonio, la pareja se pide entre sí una adhesión a ser fieles el uno al otro, comprometiéndose así públicamente a ello en medio de la comunidad de la Iglesia. La Iglesia afirma la adhesión si la pareja está de acuerdo con las leyes de la Iglesia que rigen el matrimonio.
Este año, he intentado señalar que el Sacramento del Orden Sacerdotal es el otro sacramento social. Es diferente del Sacramento del Matrimonio.
Cualquier hombre que aspiran a recibir el Sacramento del Orden debe entender que no tiene derecho al Sacramento de las Sagradas Ordenes en la Iglesia, no importa cuánto pueda aspirar al diaconado, el sacerdocio o al episcopado. La Iglesia lo debe llamar a servir en esa capacidad, de ahí, las palabras “vocación a las sagradas órdenes.”
Una vez llamado por la Iglesia a través de la voz del obispo ordenante, el recién ordenado promete obediencia al obispo y sus sucesores — no muy diferente a la promesa de fidelidad a la que los cónyuges se comprometen entre sí. A continuación, él debe asumir su papel como una figura pública en la comunidad de creyentes.
Por lo tanto, debe ser responsable de su ministerio de presencia a los confiados a su cuidado.
Por último, quiero recordar una experiencia personal que el Arzobispo Robert Carlson de St. Louis, relató a los 30 candidatos a diáconos de la Universidad Norteamericana en Roma. Fue mi privilegio el concelebrar esa Misa de Ordenación en San Pedro. Su historia hizo hincapié en la cuestión de la dignidad de un candidato a la Sagradas Ordenes.
En la conclusión de una conferencia con un estudiante del seminario que aspiran al sacerdocio, estando el joven a punto de salir le dijo al Arzobispo que él estudiaría y oraría para que pudiera ser digno de recibir el Sacramento del Orden.
El Arzobispo Carlson le dijo al joven que podría ahorrarse un montón de estudio y oración “ya que ni él ni ningún otro hombre podría nunca ser lo suficientemente digno para recibir el sacramento de las Sagradas Órdenes.” Fue un aleccionador recordatorio para todos nosotros en la magnificencia de la Basílica de San Pedro.
Al concluir esta serie quiero expresar que nosotros los sacerdotes estamos más que agradecidos a todos los que nos han mantenido en sus oraciones a lo largo de este Año del Sacerdocio. Aunque nunca podamos ser dignos del Sacramento de las Sagradas Ordenes, oramos para que cada uno de nosotros continúe haciendo todo lo posible para ser fiel a nuestro compromiso de servir.