December 25, 2009
The Bishop's Forum
El Sacramento de la Reconciliación: Un Asunto de Familia
by Bishop Gerald A. Gettelfinger
Segunda parte.
¡Qué difícil es admitir nuestros fallos personales delante de los miembros de nuestra familia! Admitir verbalmente nuestras transgresiones es una cosa. Pedir humildemente perdón es otra cosa muy distinta.
Irónicamente, cada uno de los miembros de la familia reconoce la necesidad de ello, pero expresarlo claramente cara a cara es una propuesta muy difícil. Incluso cuando mamá o papá insisten en que pidamos disculpas a un hermano, no siempre lo hicimos con una expresión sincera.
Para nosotros los seres humanos el reconciliarse ante una falla personal, privada o pública, pareciera ser lo más difícil.
A través de los sacramentos la Iglesia nos ofrece oportunidades para la reconciliación con cada uno de los miembros de la familia de Jesús. El Sacramento de la Reconciliación, la confesión, es el principal. No hay ningún delito que Dios no nos perdone si buscamos ese perdón.
En mis 48 años de sacerdocio con demasiada frecuencia he escuchado la quejumbrosa pregunta: “¿Por qué tengo que confesar mis pecados a un sacerdote, un simple hombre?”
Los autores de esas preguntas tienden a admitir su propia lucha personal diciendo: “Confieso mis pecados directamente a Dios. No necesito confesarme con nadie porque Dios me perdona directamente.”
Hasta donde dice, esto es correcto, sin embargo, niega cualquier pertenencia personal a la comunidad de creyentes llamada la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo. ¿Qué hace falta?
En mi experiencia como profesor en el Instituto Obispo Chatard, en Indianápolis el punto de resistencia anterior lo encontré muy, muy a menudo.
En realidad, es fácil admitir nuestras fallas delante de un invisible “Dios de Misericordia”. Es una experiencia bien distinta el admitir nuestros pecados personales delante de uno de nuestra propia especie. Nos parece tan extraño a nosotros que insistimos en la privacidad e insistimos que es un asunto que no le interesa a nadie más.
Pero, ¿Es simplemente una cuestión privada entre Dios y yo?? ¡Creo que no!
Reconozcamos el hecho de que incluso la comunidad cívica exige la personal admisión de incumplimiento ante un apropiado funcionario. En un intento por encontrar una ilustración para ayudar a los adolescentes que tienen este problema, uso sus licencias de conducir como punto de partida.
Cuando estamos conduciendo y cualquiera de nosotros comete una infracción contra las leyes estatales, una disculpa ante el oficial que nos detuvo no es suficiente. De hecho, aunque se pida la disculpa con toda sinceridad, el oficial con toda razón puede decirle, por favor, no soy yo el que tiene que aceptar sus disculpas. El juez local es el oficial que tiene que oír su culpabilidad.
El juez, después de escuchar su confesión, le da una sentencia — generalmente una multa monetaria si es una infracción menor. El juez es nombrado por la comunidad para escuchar estas confesiones y evaluar las sanciones. No es por eso menos miembro de la Comunidad y está sujeto a las mismas leyes si él o ella las viola.
Lo mismo pasa con los pecados contra la ley moral. Sea usted o sea yo el que peca, somos responsables no sólo ante Dios, sino también ante la comunidad de fe a la que pertenecemos.
Dios nos perdona directa e inmediatamente, pero Dios no nos reconcilia a ninguno de nosotros con la comunidad de creyentes. Eso nos toca individualmente a cada uno de nosotros.
El obispo o sacerdote es el asignado por la Iglesia para escuchar tales infracciones y evaluar las penitencias teniendo en cuenta las infracciones. El obispo y el sacerdote no son mejores que el resto de la Comunidad. Ellos también deberán presentarse ante el mismo escrutinio del confesor como el resto de los fieles. Ellos están igualmente en la necesidad no sólo de la misericordia de Dios, sino también de la misericordia de la comunidad de la Iglesia.
¡Pertenecemos a nuestras familias! Somos hermanos y hermanas de Jesús. ¡Somos responsables los unos ante los otros así como somos responsables ante Jesús, el todo amoroso y misericordioso Dios! Jesús ganó ese regalo para nosotros muriendo en la Cruz. Repito, no hay nada que podamos hacer que Él no nos lo perdone si pedimos ese perdón confesando nuestros pecados a Su representante designado.
Próximo artículo: el Sacramento de la Unción de los Enfermos y la vida familiar.
— Translated by Pilar Tirado