March 5, 2010
The Bishop's Forum
Progreso en La Planificación Estratégica — Re-energizando nuestra diócesis en la fe
by Bishop Gerald A. Gettelfinger
Tercer artículo de una serie: Vida Sacramental y Litúrgica
Parte 2: Los Sacramentos y la familia
Hace muchos años, siendo miembro de la Conferencia Nacional de Cristianos y Judíos en Indianápolis, un muy devoto judío me dijo: “¡Quisiera poder creer como lo hacen ustedes los católicos!” Él estaba debatiéndose con los temas de la Resurrección del Cuerpo y la Vida Eterna. Me dolía el corazón por él, pero entonces . . .
. . . recordé que soy católico de cuna. Mis padres hicieron posible que yo recibiera los sacramentos del bautismo, confesión, comunión, confirmación y las tres órdenes sagradas de diacono, sacerdote y obispo. Participaron en prepararme para que recibiera el totalmente inmerecido don de la fe. No he tenido que esforzarme para recibirlo, pero me esfuerzo diariamente para vivir a la altura de un don tan increíble, ¡ese don de la fe!
La fe tomó raíces en mi ser, como lo hizo mi comprensión de la importancia de la familia en mi vida, la primera comunidad en la que nací y llegué a conocer y amar. Son mis primeros partidarios como lo señalan las nueve estrellas de oro en el centro de mi escudo de armas.
Cuando fui bautizado fui adoptado como hermano de Jesús.
En la confesión, aprendí que mis ofensas no sólo eran perdonadas por Jesús, sino que me tranquilizaba el saber que mis hermanos y hermanas en la iglesia también me perdonaban sin importar lo “privado” que fuera mi pecado.
Al recibir la Sagrada Comunión, compartí el Cuerpo y la Sangre de Jesús en la mesa del altar, similar al compartir la cena de Acción de Gracias en la familia o una cena en la época del trillado con los vecinos en el pueblo. Era parte de la misma familia extendida. Pertenecía a una comunidad mayor que mi familia de nacimiento. Al comer en la mesa familiar, crecí en fortaleza como lo hice en la mesa de la comunión. Jesús fue mi comida tan ciertamente como lo fue la carne y las papas en mi hogar.
En la confirmación se me aseguró que conmigo Jesús había mantenido su promesa, como lo había hecho con los Apóstoles y discípulos al darles los siete dones del Espíritu Santo. No lo entendí en ese momento que tenía siete años. Con el pasar de los años, la maduración y la edad adulta, con los dones del Espíritu, he llegado a apreciar cómo he sido llamado a compartir mis dones con la comunidad de creyentes como cada uno de ellos ha sido llamado a hacer lo mismo. ¡Somos familia!
Luego vino el reto de la confirmación. ¿Estaba yo dispuesto a escuchar el llamado de Dios a una vocación como sacerdote? Es el mismo reto que les dejo a todos los grupos que se preparan para la confirmación. Fui afortunado. Por un capricho de adolescente y el aliento de la Hermana Benedictina Mary Phillip Seib y del Padre Earl Feltman, mi párroco en 1949 y también de mis compañeros, entré en el seminario en septiembre de ese año. El resto es historia que al tener 12 años de discernimiento esa llamada resultó ser triple: diácono, sacerdote y obispo. Esa jornada dejó claro en mí que pertenecía a una gran comunidad de creyentes.
Los sacramentos de la Iglesia, instituidos por el mismo Jesús nos unen como una familia de creyentes, cada uno de nosotros compartiendo no sólo nuestros dones sino las personas que somos: ¡hermanos y hermanas de Jesús!
¿Cuál es la historia de su jornada en la fe? ¿Cuándo comprendió que la Iglesia es más grande que su familia? ¿Ha aceptado esa realidad que le fue dada en el bautismo? ¿Fortalecida por la confirmación?
Hermanos y hermanas, por sí sola la fe es la fuerza motriz que diariamente me ayuda a comprender el don de que la comunidad de creyentes está viva. ¡Espero que sea la suya también!
La Próxima Semana: La vida Sacramental y Litúrgica — Parte 3
— Translated by Pilar Tirado