May 14, 2010

The Bishop's Forum

Una promesa cumplida

Bishop Gerald A. Gettelfingerby Bishop Gerald A. Gettelfinger

Cada vez que una persona recibe el Sacramento de la Confirmación es ungida en la frente con el Sagrado Crisma significando que Jesús ha mantenido una promesa personal con cada uno de ellos, sus hermanos y hermanas adoptados. Es la misma promesa que les fue dada a los Apóstoles.    

Cuando Jesús anunció después de la Resurrección a los a menudo perplejos apóstoles y discípulos que él se retiraría, les prometió que pediría al Padre que enviara los dones del Espíritu Santo sobre ellos. El Espíritu Santo les capacitaría para ser fieles a todo lo que él les había enseñado.    

Celebraremos la partida de Jesús este próximo domingo en la Fiesta de la Ascensión. Los apóstoles habían oído la promesa de Jesús, ¡pero no habían escuchado ni entendido! Estaban maravillados mirando el cielo, mientras que Jesús les dejaba; se estaban enfrentando a lo desconocido.  

¿Les parece familiar esa sensación de “enfrentarse a lo desconocido,” enfrentarse a lo desconocido cuando lanzamos planes para abordar algunas de los principales problemas en nuestra diócesis?    

¡Pero el proceso de planificación no se trata de cómo resolver problemas! Se trata de re-vitalizarnos cada uno de nosotros y así re-revitalizaremos nuestras parroquias. ¡Se trata de llevar adelante el mandato de Jesús a todos los bautizados de ir por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva!    

¿Cómo vamos a animarnos para llevar a cabo ese mandato básico en nuestro tiempo y lugar? Eso no está del todo claro, así pues lo llevaremos adelante como los Apóstoles después de Pentecostés, siguiendo adelante llenos de los Dones del Espíritu Santo.     

Jesús nos asegura, no menos que como lo hizo a los apóstoles, que “él va a hacer todas las cosas nuevas” y que estará con nosotros hasta el final de los tiempos. También había enseñado con su ejemplo que incluso el hijo de Dios necesitaba regularmente volverse al Padre en oración. ¡No podemos hacer menos!  

Que nuestras oraciones diarias como individuos, como familias, como feligreses reunidos en la liturgia, como sacerdotes, diáconos y a todos los ministros invoquen el Espíritu Santo:  

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.   

V. Envía Señor tu Espíritu, y ellos serán creados.

R. Y se renovará la faz de la tierra.    

¡Oremos!    

Dios, que por la luz del Espíritu Santo, iluminaste los corazones de los fieles, concédenos que por el mismo Espíritu nos llenemos de su sabiduría y gocemos para siempre de sus consolaciones. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

La próxima semana: Los Sietes Dones de Pentecostés

— Translated by Pilar Tirado

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