February 3, 2012
The Bishop's Corner
El Sacramento de la Reconciliación
del Obispo Charles C. Thompson
No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Marcos 2:17)
Recientemente, durante un surfeo de canales con el control remoto de la televisión, me encontré con el título de una película, “La Tierra que el Tiempo Olvidó.” Me pareció recordar que vi un titulo similar durante el pasado mes de diciembre, “La Tierra que la Navidad Olvidó.” A la luz de la Cuaresma, parece que haríamos bien en recuperar la tremenda eficacia de la gracia al considerar lo que a menudo pareciera ser “El Sacramento que los Católicos han olvidado.”
Este artículo es el primero de una serie de tres partes. Las otras dos partes aparecerán en ediciones consecutivas de The Message. A aquellos que tienen acceso a una copia del Catecismo de la Iglesia Católica, les invito a leer los números 1420 al 1498. Gran parte de esta serie está tomada directamente del Catecismo.
A través del tiempo, este sacramento ha sido conocido como Confesión, Penitencia y, más recientemente, Reconciliación. Ciertamente, estas tres palabras, o títulos del sacramento tienen merito por sí mismas ya que forman parte de la experiencia sacramental. Sin embargo, es bueno que recordemos que mientras confesión y penitencia es lo que hacemos como penitentes (aquellos que buscan alejarse del pecado y volverse a Dios a través del proceso de conversión), reconciliación es en última instancia, la acción divina del sacramento. Por supuesto, nosotros debemos estar dispuestos a participar en el proceso de la reconciliación cooperando con la gracia divina.
Para efectos de esta serie, mientras que no intento disminuir las acciones necesarias por nuestra parte, estaré haciendo referencia al Sacramento de la Reconciliación. Este sacramento es un elemento importante de la espiritualidad católica, y este es el caso en mi propia vida. No me gusta pasar más de un mes sin celebrar este sacramento como penitente. Sirve como un sistema de control y equilibrio en mi vida. Aunque tendemos a asociar la confesión de pecados mortales (pecados de naturaleza más grave) con el sacramento, la celebración regular de este sacramento puede ser una forma útil de enfrentar los pecados menores en nuestras vidas antes de que se conviertan en graves. Podemos compararlo con lo importante que es el hacerse chequeos regulares con el médico o el dentista en lugar de simplemente esperar que se presente en su etapa final una enfermedad grave o un dolor fuerte. Mientras que desde hace tiempo sabemos que podemos obtener el perdón de los pecados veniales a través de nuestra participación en el Sacrificio Eucarístico de la misa, la Iglesia siempre ha enseñado que los pecados mortales o graves solamente son perdonados a través de la celebración valida del sacramento de la Reconciliación, a saber, la confesión individual y la absolución de parte de un sacerdote. Como claramente enseña el Catecismo, “la confesión a un sacerdote es parte esencial del sacramento.”
Pecado, de acuerdo con el Catecismo, n. 1440, “es ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunicación con El. Al mismo tiempo, atenta contra la comunicación con la Iglesia.” Tradicionalmente hacemos la distinción entre pecado venial y pecado mortal. Pecados veniales son aquellos de carácter menor (p. ej. fallos de todos los días) mientras que los pecados mortales son los de una naturaleza más seria o grave (p. ej. los pecados capitales). El Catecismo de la Iglesia católica no oculta el hecho de que sólo Dios perdona los pecados. Jesús, en virtud de su autoridad divina, confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre. (cf. Evangelio de San Juan 20:21-23).
Referente a los efectos de la reconciliación y del sacramento del perdón, el Catecismo (cf. #1443-1446) proporciona información clave sobre los medios especiales de gracia que Jesús ha dejado a la Iglesia: “Durante su vida pública Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del Pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido . . . Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos . . . . Las palabras atar y desatar significan La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios . . . . Cristo instituyó el sacramento de la penitencia a favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. Es a estos a quienes el sacramento de la Penitencia ofrece una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación.”